Tomado de sus libros El rey de la selva, Posición horizontal y Dithelo Tumba
LA ABUELA
Tu hijo es un malcriado. Grita,
llora,
gatea,
rompe los adornos,
duerme poco,
se orina en la cama
y chupa tete. Desde que nació todo cambió para nosotros. A ver, respóndeme una cosa: ¿tú y ésa hacen el amor? Nunca. En esta casa ni se limpia, ni se cocina, ni se habla, ni se…Pero abuela…Abuela nada, ahora me escuchas, ahora soy yo quien dice aquí la última palabra. Hemos perdido hasta los amaneceres, algo verdaderamente cruel tratándose de alguien que… ¿Y mi mecedora?, ¿y mis fotos? ¿y mis platos? Tengo que estar molesta. Tú y ésa olvidaron a la vieja cuando llegó el niño. Pequeño monstruo sin dientes que patalea y patalea por cualquier motivo, siempre cagón,
inconforme,
vestido con la ridícula ropita azul que perteneció al vecino de enfrente. ¡Ingratos! También quitaron el cuadro de Los doce apóstoles. En esta casa ni se reza, ni se canta, ni se baila, ni se…Pero abuela…Abuela nada, ahora me escuchas, ahora soy yo quien dice aquí la última palabra. Siento vergüenza. Resulta penoso mirar el jardín, tan seco como la fuente. No hay encanto. Adónde fue a parar aquella felicidad que era el orgullo de nuestra familia. Tú y ésa, los dos, son responsables. Algún día la propia vida les ajustará cuentas. ¡Santo cielo! En esta casa ni se lee, ni se ve televisión, ni se respira, ni se…Pero abuela…Abuela nada, ahora me escuchas, ahora soy yo quien… ¡Abuela! Hoy cumples un año de muerta. Por favor, deja ya las ofensas.
EL REY DE LA SELVA
¡Se levanta la sesión!
(dijo con voz ronca el Presidente del Tribunal Selvático)
Minutos antes, y sin ningún motivo, el León había sido condenado a muerte. La tristeza se adueñó de los bosques y una lluvia torrencial, desde ese minuto, invadió la tarde en Selva Madre. De un extremo a otro corrió la noticia.
-No pueden hacerlo –
(vociferó la Cotorra)
-Criminales, hijos de puta –
(gritó el Grillo desde la ventana)
La silla eléctrica estaba allí, donde siempre, tres metros más allá del cristal. El León llegaría de un momento a otro. El león llegaría de un…
¿Listos?
(dijo con voz ronca el Presidente del Tribunal Selvático)
Pasos y puertas escuchándose. Un pasillo (furiosamente limpio) era lo peor. Por ahí mismo entraría el León con la última cara de su vida.
-Elueko Asosain a Kata Jéri Jéri–
(vociferó la Cotorra)
-Eso es una injusticia, hijos de puta –
(gritó el Grillo desde la ventana)
¡Qué extraño! El León vestía un uniforme de color violeta; y a la altura del pecho le habían colocado la clásica inscripción de los condenados más peligrosos:
M-442837-E
Sin el menor de los ruidos se abrió la temida puerta. Fue entonces cuando el apareció León. La silla eléctrica permanecía allí, donde siempre, tres metros más allá del cristal.
¡Que comience la ejecución!
(dijo con voz ronca el Presidente del Tribunal Selvático)
-Kaguo Kabie allá Tután allá Layi–
(vociferó la Cotorra)
-Asesinos, hijos de puta –
(gritó el Grillo desde la ventana)
Adiós vidita de mi vida. Fueron las palabras finales del León, a quien le ajustaron sobre la boca una gruesa placa de metal. Acto seguido sintió la primera descarga de corriente eléctrica. Primero las patas, después el cuerpo y finalmente la cabeza. El León tembló, volvió a temblar y trató en vano de rugir. Pero una nueva descarga casi le vuela la tapa del cráneo.
El Presidente del Tribunal Selvático, algo inquieto, disfrutaba la ejecución sosteniendo entre sus manos una copa de exquisito vino francés. Constantemente hacía muecas con la barbilla.
¡Continúen, continúen!
Entonces aplicaron otra descarga, ahora utilizando un mayor voltaje. Luego llegó otra, y otra, y otra más. Pero nada, el León permanecía intacto.
El Presidente del Tribunal Selvático se mostró desesperado. ¿Cómo, inmune a la corriente eléctrica? No, no, no, volvió a gritar. Sentía miedo, sentía el mayor de los miedos. Trató de incorporarse. No pudo. Un poderoso dolor se apoderó de su pecho hasta derrumbarlo. La copa que contenía el exquisito vino francés cayó de forma violenta sobre la fría alfombra de la sala. Comenzó a temblar. Primero las piernas, después los brazos y finalmente la cabeza.
El condenado a muerte reía sin descanso. Carcajadas, cada vez más sonoras, hicieron estallar la gruesa placa de metal, al tiempo que la melena perdía el erizamiento y recuperaba su clásica belleza. De un extremo a otro corrió la noticia:
EL LEÓN BURLÓ LA SILLA ELÉCTRICA
El mundo entero quería entrevistarlo. Hasta del Vaticano llegaron solicitudes de excarcelación. Las máximas autoridades nacionales analizaron lo ocurrido y concluyeron:
1- El caso del León rebasó las fronteras locales.
2- Hay que evitar a toda costa conflictos internos.
3- El León es ya un símbolo de identidad nacional.
4- Su imagen será utilizada por la Empresa Eléctrica Nacional.
5- Selva Madre dejó de ser un cero a la izquierda.
Días después, estas mismas autoridades (siempre dialécticas) decretaron la inmediata liberación del León. Recibió adicionalmente una pensión salarial vitalicia y en acto solemne le fue otorgado el Título Honorífico de Rey de la Selva, además de nombrársele Embajador Extraordinario y Plenipotenciario en cualquier lugar del planeta.
El Presidente del Tribunal Selvático murió cuatro meses después, siendo enterrado de noche en una fosa común.
-Gracias, mi Santo–
(vociferó la Cotorra)
-Mentirosos, cobardes, hijos de puta –
(gritó el Grillo desde la ventana)
SOLILOQUIOS
A mi hijo Alejandro
La desesperanza lleva café caliente en los bolsillos. He ahí un anónimo verso que siempre me deja con la boca abierta. Mucho más cuando le pongo asunto a los días de mi barrio: son ahora de un color indescifrable, quizá porque la gente está cansada de dar vueltas y traquearse los dedos. Sin embargo, escucho música, escucho sexo, escucho risas y escucho motores del año 1948. Aunque después, como por arte de magia, aparece el silencio, dueño también de muecas, gestos o miradas tristes que lentamente viajan, igual que los murciélagos, hacia las esquinas de mayor oscuridad. ¡Bendito viaje! Pues sólo allí logro encontrarme con La Habana de mi infancia. Una ciudad muy distinta a La Habana de hoy; entre otras muchas cosas por algo muy simple: los cubanos de aquella época, mejores o peores, podían visitar el hotel Habana Libre. Ni hablar de extranjeros. Bueno, tal vez algunos pocos, siempre pensativos, cabizbajos, casi invisibles podría decirse, perdidos entre montones de turistas nacionales. Qué gloria, qué gran ilusión tomar altura y mirar la ciudad veinticinco pisos por encima del mundo; para luego, y a todo pulmón, hacer una pregunta imprescindible:
¿almorzamos en el restaurante Sierra Maestra?
Claro que sí, respondía mi padre cada fin de mes, realidad que nos fue dando fama de clientes fijos. Una tradición familiar que duró más de dos décadas. Amigos, novias, nacimientos, fiestas de quince, bodas, lunas de miel, amores difíciles, graduaciones, cualquier celebración importante terminaba allí.
BIENVENIDOS AL HOTEL HABANA LIBRE
Admirable desde cualquier punto de vista, un premio que la Revolución le pidió “prestado” a los antiguos dueños. Dicho de otra manera:
Tengo, vamos a ver,
que siendo un negro
nadie me puede detener
a la puerta de un dancing o de un bar.
O bien en la carpeta de un hotel
gritarme que no hay pieza,
una mínima pieza y no una pieza colosal,
una pequeña pieza donde yo pueda descansar.
Reflejo poético del alegre turbión que cayó sobre Cuba en 1959. Pero años posteriores trajeron un viento de color indescifrable. Perdí el hotel, perdí el poema de Guillén, perdí la tradición, perdí los amigos y continué perdiendo cosas hasta que también perdí a mi padre. Yo me pregunto: ¿algún día podré recuperar ese hotel?, ¿algún día podré recuperar el poema de Guillén, la tradición, los amigos?, ¿algún día podré recuperar a mi padre? Quiero pensar que sí. Mientras tanto, conservo los recuerdos; y quizá ese mismo empeño de protegerme la memoria, llámese romántico o llámese obstinado, me devuelve con frecuencia La Habana de mi infancia, una ciudad muy distinta a La Habana de hoy; entre otras muchas cosas por algo muy complejo: los cubanos de esta época, mejores o peores, no pueden visitar el hotel Habana Libre. Ni hablar de nacionales. Bueno, tal vez algunos pocos, siempre pensativos, cabizbajos, casi invisibles podría decirse, perdidos entre montones de turistas extranjeros. Prefiero callar. La impotencia puede llevarse los recuerdos, milagrosamente vivos todavía; razón que explica la presencia de constantes soliloquios donde corro, salto, imagino la ciudad veinticinco pisos por encima del mundo y murmuro una pregunta imprescindible:
¿almorzamos en el restaurante Sierra Maestra?
UN HOMBRE ALTO
El Hombre Alto despertó sobresaltado. Sin embargo, permaneció inmóvil. Necesitaba organizar algunas ideas, reflejo de lo que ya era su propia vida: lenta y triste; entre pálidos orgasmos, pálidos vinos e insectos que igual de pálidos iban y venían de un lugar a otro sin encontrar rincones o puertas preferidas.
Una espantosa pesadilla lo había martirizado durante horas.
Gritos,
siluetas negras,
golpes,
sirenas,
ventanas,
la voz de alguien que desde un abismo pedía auxilio, tosía y arañaba la pared con los dedos cubiertos de sangre. Madrugada interminable, copia exacta de la sureña capital que él dejó de habitar cuando por razones de seguridad decidió encerrase en un cuarto cada día más húmedo.
Aquel suceso multiplicó la ausencia de alegrías y trajo consigo el más absoluto aislamiento. De ahí su habitual hermetismo, que ahora, incrementado por la pesadilla, lo hacía parecer una estatua. Parpadeó, bostezó, movió ligeramente el brazo izquierdo y dejó escapar las siguientes palabras: esta pesadilla ha sido premonitoria.
Algo le decía que abriera una ventana. Acontecimiento que ocurrió poco después. Pero la claridad, tantos meses acumulada, le provocó una ceguera momentánea; que él, como era lógico, trató de evitar cubriéndose los ojos. No es nada, no es nada, murmuró, y poco a poco fue recuperando imágenes.
Justamente en la esquina derecha de su calle, entre bancos y flores, colgaba una bombilla, cuya luz le servía de casa a los desamparados, muchas veces solos, inquietos, a la espera de que algún viento de agua se los llevara para siempre.
El Hombre Alto pasó una gran parte del día mirando las cosas que hacía doce meses no miraba: cerros, niños, edificios, parques, palomas, fuentes, tejas de distintos colores, personas gordas y aquellas amargas sombras que de golpe lo habían convertido en un sujeto clandestino; filoso aliento de tristeza, imagen del aire inseguro que durante años había inundado toda la ciudad, repleta de rostros con narices crueles.
Bebió un sorbo de café, acomodó sus dos largas piernas y pudo ver que la bombilla, al parecer de forma automática, se iba encendiendo lentamente. En sólo minutos llegaría el primer desamparado de la noche. Pero esa vez, para sorpresa suya, lo que llegó fue una mujer desnuda, dispuesta a permanecer bajo la bombilla no obstante las posibles consecuencias. Ella quería, era visible, la mayor cantidad de luz.
No puedo dejarla ahí, está enferma, necesita ayuda, gritaba el Hombre Alto mientras corría de la ventana a la puerta. Entonces bajó. Y tras completar ocho inmensas zancadas… ¡Vaya imagen aterradora! La mujer desnuda rasgaba el asfalto, y ya sin uñas, seguía rasgando, revolcándose bajo la luz con giros increíbles.
-¿Qué le ocurre?
-Nada, no me ocurre nada.
-Cómo que nada, usted tiene algo.
-No, ya le dije que no.
-¿Está enferma?
-Váyase, váyase.
-Pero es que yo quiero ayudarla.
-Gracias, ya tengo ayuda.
-Dígame, por favor, ¿qué le ocurre?
-Me estoy muriendo.
-¿Muriendo?
-Sí, muriendo.
-Muriendo de qué.
-De impotencia.
-No la entiendo, no la…
-Quizás me entienda si le digo que llevo doce meses así. Vivo encerrada, triste, entre pálidos orgasmos, pálidos vinos e insectos que igual de pálidos van y vienen de un lugar a otro sin encontrar rincones o puertas preferidas. La luz de este lugar es lo único que puede salvarme. Anoche, mientras dormía, tuve una pesadilla: gritos, siluetas negras, golpes, sirenas, ventanas; y aunque espantosa, la pesadilla fue premonitoria. Porque al final, como salida de un abismo, escuché la voz de alguien que pedía auxilio y tosía, indicándome al mismo tiempo esta bombilla.
El Hombre Alto permaneció en silencio. Su situación era la misma. Pero a él ninguna voz le indicó la bombilla. Cuando más, la ventana; una señal intermedia que luego lo conduciría hasta…No lo pensó dos veces. Valía la pena probar suerte. Entonces, también desnudo, comenzó a revolcarse bajo la luz.
EL COCODRILO
El COCODRILO tenía dos caras.
UNA CARA: cosas de COCO.
OTRA CARA: cosas de DRILO.
A veces las dos caras se confundían. Entonces la cara de COCO hacía las cosas de la cara de DRILO. Y la cara de DRILO hacía las cosas de la cara de COCO. Claro que todo salía mal. Porque la cara de DRILO no era la cara de COCO. Y la cara de COCO no era la cara de DRILO. Una cara, la de COCO, siempre tuvo miedo. Otra cara, la de DRILO, se perdió en la selva de las apariencias. Ante tal dualidad, el COCODRILO, dueño y señor de las dos caras, tomó la decisión más sabia de su vida: amanecer ahorcado.
MORNARD, ATIENDA A LOS SEÑORES
(La muerte de Trostky referida por Guillermo Cabrera Infante)
Debe leerse en el tiempo que dura
la audición de “All of you”, Miles Davis,
a cuarenta y cinco revoluciones por minuto.
¿Etá dolmío? Mejol. Así lacorreera vaserande –dijo Mornard sonriente-. El hombre se encogió de hombros y bajó la cabeza: Trostky es un tipo con mucho swing. Pero mi mamá me dijo que ela un esto y que ela un lo otro. Tengo miedo:
noteooorvidees deemi
poolque tueeles midioos
Hubo más silencio todavía, tanto que pareció definitivo. Pero esta vez le tocó su turno al olfato:
las dalias
las extrañas-rosas
las hortensias
los pensamientos…
un idioma muy extraño el señor que dio la orden hablaba un idioma muy extraño cualquiera se vuelve loco porque ellos piensan que el futuro asesino no tiene ninguna relación con la futura víctima mentira mentira mentira son amigos siempre conversando sobre temas distintos a veces también con una mujer de muchos colores el pañuelo de la mujer tenía muchos colores siempre había que preparar la mejor comida pasó el tiempo hasta que dieron la orden así cualquiera se vuelve loco.
¿Qué puedo hacel? –se preguntó Mornard y miró a Trostky de arriba abajo-. Y supo entonces que no hay que ser más alto que el otro para mirarlo de arriba abajo.
Trostky is a boy. You fool. Fool, fool.
Palabras que de inmediato fueron rectificadas por su propia conciencia: Mornard, has visto demasiadas películas de la Metro. Don’t, ¡oh, don’t! Si los sueños de la razón dan monstruos, ¿qué dan tus sueños?: come-come-que-te-come fue la respuesta de Mornard, ya decidido, ya mirándose de perfil en el espejo. ¿Soy un asesino? Qué más da, total, yo sólo selvía pá tendel a los señoles. A vel, maestro, ahola quielo hacel mi úrtima pregunta:
¿uté ecribe asesino con S o sin S?
La noche era un caos. Y el hacha (ar-ma-ho-mi-ci-da) yacía sobre la mesa.
Good bye Trostky
Good bye Tros
Good bye
Good
Goo
Go
G
LA CEBRA O UN MAMÍFERO DE PELO BLANCO
Hace treinta días que no voy al río. Mejor, mucho mejor. Porque la Cebra, una vez más, estará allí. Tengo que ser fuerte. Si voy, ocurrirá lo que viene ocurriendo desde hace cinco años. Ella se acerca, se insinúa y entonces… ¡Ya! Imaginarla también me hace sudar. La veo contonearse, sacudirse, mirar el cielo como quien ruega una primera caricia. Mis manos, mi barba, mi cuerpo entero rozándole el atractivo cuello, todavía húmedo, saltarín, señal de que ella ama desesperadamente.
Ir al río me vuelve proceloso, víctima de una embriaguez para mí desconocida. Sin lugar a dudas, deliro, pierdo el sentido exacto del espacio y termino revolcándome sobre la tierra en busca de repetidas erecciones. Es como si el rocío, los trinos, o la propia soledad montuna, lograran desterrar tabúes. Soy otro, soy ese otro que llevo oculto entre las venas. Ya visible cuando la Cebra, con paso señoril, exhibe sus patas traseras. Qué arte, qué formas, qué perfecto retroceder hacia el sitio donde ella encontrará lo que después la hace saltar, patear, emitir un sonido cercano al relincho. Ninguno de los dos podemos controlarnos; y aunque falten palabras, abundan ruidos, miradas, gestos, jadeos, lágrimas de goce bajando por cuerpos que tiemblan, tiemblan y tiemblan a cielo abierto.
¿Necesidad? No sé. ¿Vicio? Tampoco sé. Pero el encuentro resulta único. Consciente yo, para mayor excitación, de que ella será siempre un animal cuadrúpedo, un mamífero de pelo blanco que zacea deseos sexuales bajo el inmenso verde. Dicho esto, cualquiera podría pensar que me agobian serios problemas mentales. ¡Falso! He aquí una persona cuerda de remate. Tanto que llevo treinta días sin ir al río. Varios mirones, irritados por la diferencia, hicieron públicas aquellas escenas de placer. El chisme corrió de boca en boca. Burlas, cuestionamientos morales, apodos y humillaciones, trajeron consigo el más cruel rechazo ciudadano. Aún así nuestra relación permanece intacta. Desde hace un mes, invirtiéndose los papeles, es la Cebra quien visita mi casa. Todavía con sus rayas, con sus pestañas, con su risa de tremendísima hembra.
ÚLTIMO RECURSO
Llegó al hospital semiconsciente,
pálido,
sudoroso,
con severos trastornos del ritmo cardiaco.
Abrió los ojos, giró la cabeza hacia la izquierda y a modo de susurro preguntó:
¿es un infarto?
(hubo silencio)
¿es un infarto?
Tranquilo, tranquilo, ya lo estamos atendiendo, respondió una voz vestida de blanco. Único color que Juan Pedro veía, porque, según los médicos, al corazón le falta oxígeno, cada segundo están más estrechas las arterias coronarias, dentro de muy poco será mínimo el bombeo de los ventrículos.
¡Cuánto rigor! ¡Cuánto esmero!
Pero él no tenía cura. Su padecimiento era parte de los casos insólitos:
Incompatibilidad del órgano muscular con dos grandes venas (cava inferior y cava superior), lo que provoca un deficiente funcionamiento de la aurícula derecha. Queda afectado, por ende, todo el ciclo de irrigación sanguínea. No hay opciones. Debemos desechar hasta la posibilidad del trasplante.
Moriría de un momento a otro. Oscuro golpe del destino que nadie pudo imaginarse. Apareció entonces el último recurso: dejarlo sin corazón. Dos meses, cuatro meses, seis meses, ocho meses. La cirugía cardiovascular, única de su tipo en toda la historia, resultó un éxito. Juan Pedro se convirtió en el hombre más famoso del planeta. Su único problemita, es que no ríe. Tampoco llora.
EL CAMELLO BACTRIANUS
Lo llaman así porque un día, dejándose llevar por el cansancio, cometió el error de pedir agua. Lógicamente, le cortaron la lengua; y esa misma tarde le crecieron en el lomo dos extrañísimas jorobas.
EL CISNE
El público aplaudía con tal nivel de entusiasmado que comenzó a lanzar flores sobre el escenario. Las flores eran verdes y extrañas. Nuestro Cisne, mientras bailaba, apenas podía respirar. Alguien pidió auxilio. Entonces la marea de flores comenzó a subir; y arriba, bien arriba, se divisó un enorme barco repleto de estrellas. Capitaneándolo venía un Cisne extraordinariamente famoso. ¿Otra Compañía? Pues sí, otra Compañía, toda ella en función de rescatar a nuestro Cisne. Primero el público intensificó su entusiasmo y luego quedó en silencio. La gran sorpresa fue que nuestro Cisne no quiso abordar el barco repleto de estrellas. Prefirió quedarse en su escenario favorito, aunque el exceso de flores verdes y extrañas le quitara oxígeno. Hizo una última reverencia y comenzó a volar. Siempre lo recuerdo. Porque su vuelo nos dejó a todos en un puro delirio.
MUJER DE UN PAÍS SIN COSTAS
Una vez más había escuchado el enigmático ruido: confuso, húmedo, carente de timbres que permitieran una rápida identificación.
¿Animal o vegetal?
Nadie sabía. Y mucho menos ella, Mujer De Un País Sin Costas, llegada a la Isla por razones familiares que ahora no vale la pena recordar.
Pero su conflicto, su gran conflicto, nunca fue la Isla, sino aquel ruido que casi a diario le provocaba escalofríos y malos pensamientos.
¿De dónde viene?
¿Qué es?
¿Por qué no logro asociarlo con alguna imagen?
Drama personal que mantuvo en secreto hasta el día que descubrió la verdad. Era un cocodrilo. Especie nada familiar, aborrecible desde cualquier punto de vista, sobre todo cuando abría la boca y luego la cerraba bruscamente: truas.
Allí, muy cerca de la puerta, como queriendo que la vieran, estaba la imagen necesaria. Nunca antes vista, pues ya se sabe que ella procedía De Un País Sin Costas, muy moderno, muy rubio, muy lindo, donde un cocodrilo no tiene la menor importancia. Apenas se le menciona. Ni a él ni al pantano, hogar por excelencia de esos largos reptiles anfibios cuyas escamas suelen ser más duras que las propias piedras. Dígase una cosa o dígase otra, ahí estaban los ojos vidriosos del temido animal. Una mirada que además de lenta dejaba ver la mitad del párpado, algo gris, quizás negrusco, el polo opuesto del intenso verde que le cubría la irregular cabeza.
La Mujer De Un País Sin Costas permaneció petrificada mientras duró el primer encuentro. Después, sacando nervios de no se sabe dónde, movió las piernas hacia la derecha, y así, pasito a pasito, pudo llegar hasta el dormitorio.
¿Cómo es posible?
¿Cómo es posible?
¿Cómo es posible?
Expresiones de espanto que tenían una lógica explicación: el cocodrilo estaba en la ventana, y en la cocina, y en el techo, y en todas partes. Movimientos sólo comparables con la velocidad de la luz. Temblores, sudores, ganas de volar, sobre todo cuando aquel bicho abría la boca y luego…truas.
Hasta que finalmente hizo público su gran secreto. Primero contó lo del enigmático ruido y más tarde lo del cocodrilo. Confesiones que su padre escuchó dejando abierto un margen de duda. ¿Un cocodrilo aquí? Sí, papá, un cocodrilo, ¿o es que acaso piensas que yo estoy loca? ¡Jamás, hija mía! Sólo quiero que la próxima vez me llames de inmediato. Porque en ese closet, cuelga mi fusil; y detrás de aquella puerta, cuelga mi pistola. No hay razones para tener miedo.
Difícil situación, insoportable, especialmente para ella, pues todas las noches comenzó a ver el cocodrilo. ¿Dónde está?, gritaba el padre desesperado; pero él, por mucho que ella insistiera, no veía al reptil por ninguna parte. Míralo allí, ¿dónde?, allí, papá, bajo la repisa, ¿bajo la repisa?, no, hijita, bajo la repisa sólo se ve la alfombra. Una verdadera tragedia; que, como es de suponer, requirió de asistencia médica. Algo andaba mal y las cosas debían volver a su sitio:
-¿Padece alguna enfermedad?
-No, doctor, yo soy una mujer muy sana.
-¿Siempre lo ha sido?
-Sí, siempre.
-¿Y cuando usted vivía en el País Sin Costas?
-Igual, ya le dije que yo soy una mujer muy sana.
-¿Algún otro problema?
-Ninguno, mi único problema es el cocodrilo.
-Bueno, por lo que veo usted no tiene nada…Ah, espere
un momento, ¿toma pastillas para dormir?
-Sí, eso sí.
-¿Cuál?
-Sueñox.
-¿Cuántos comprimidos?
-Dos.
-¿Qué cantidad de miligramos?
-Veinte.
-¡Bingo!
Exclamó el doctor dejando escapar una leve sonrisa de orgullo. Ahí estaba el final de la historia. Pues el sueñox, en determinadas personas, o en dosis excesivas, resulta adverso:
Puede producir alteraciones de la conciencia, vértigo, visión doble, nerviosismo, ideas delirantes, alucinaciones y problemas de comportamiento.
Nada más claro. La Mujer De Un País Sin Costas estaba teniendo alucinaciones. Problema que con sólo dos palabras quedó resuelto: cero sueñox.
¡Victoria!
Gritó el padre repleto de entusiasmo. Esta noticia sí que merece una celebración. Claro, claro, mañana mismo. ¿Podrá ir usted doctor? Por supuesto que sí, contestó el galeno; quien esa misma noche recibió una nota que decía:
Olvídese de la fiesta, a mi hija se la comió el cocodrilo.
GOETHE
PRIMER ACTO
casa de un joven escritor en La Habana.
habitación estrecha, poca luz y humo.
El Joven Escritor estaba molesto. Goethe, el gran Goethe, lo había defraudado. Nada más y nada menos que desde Fausto, un verdadero monumento poético, un eterno drama humano donde la encarnación del ideal moderno asume riesgos de testamento literario. Elogios que siempre coincidieron con los criterios de aquel joven escritor; que luego, dándole respuesta a su ira, y cambiando el modo de analizar situaciones, escribía las notas preliminares de Máscaras, artículo que cuando se publicó, mes de marzo del año 1981, trajo consigo múltiples dudas y cuestionamientos sobre una obra que alguien, no sé quién, definió como filosofía de la literatura.
Goethe me engañó. No sólo con Fausto, sino también con Mefistófeles, con Wágner, con Marta… ¡Qué desilusión! Lo único que hizo en esas páginas fue dárselas de erudito. Verdad que el joven corroboró, sin margen de duda, la tarde que se detuvo a leer lo que ahora reproduzco:
Creo sinceramente que una inteligencia despejada, un entendimiento recto y lúcido tendrán que trabajar no poco para hacerse dueños de todos los secretos que he involucrado en mi poema.
Razones más que suficientes para que el Joven Escritor se incomodara: Goethe, tal vez creyéndose un ser supremo, ignoró la capacidad intelectual de sus lectores. ¿Habrá leído Máscaras? Es más, voy a escribirle, y después, sin que nadie sepa nada, cambiándome incluso el nombre, visitaré la Alemania de 1808.
SEGUNDO ACTO
casa del famoso poeta en Weimar
amplio recibidor, alfombras y libros
el joven escritor, inquieto, espera sentado en una poltrona de color blanco
se acerca el Mayordomo
Usted disculpe, caballero, pero Goethe acaba de llamar por teléfono un poco…Nada, razones personales lo hicieron viajar con urgencia al mes de marzo del año 1981. ¿Algo grave? No, mi señor sólo desea propinarle dos buenas bofetadas a un escritorcito de mala muerte que anda por allá escribiendo estupideces.
EL PROFESOR
Simple y llanamente se había convertido en la persona más atea del planeta:
No al Nuevo Testamento
No al juicio final
No a la teoría de las dos verdades
No a la inmortalidad del alma
Frases obsoletas, ofensivas, decía él, mientras sus ojos, llenos de júbilo, devoraban los manuales donde jamás la ciencia se pondría al servicio de la teología.
Adiós la palabra templo,
Adiós los milagros,
Adiós la natividad de Cristo,
Adiós Dios.
¡Qué tanto lío! ¿Adónde rayos iremos a parar con las historias de los sueños proféticos? Forma de manifestarse que luego puso en práctica cuando falleció su abuela: de misa, nada, olvida el tango y canta bolero. Oficio religioso que, tiempo después, y dando gritos, también despreció en los funerales de su madre.
A él, profesor universitario, catedrático de número, hombre de renombrado calibre terrenal, poco le importaba si el Apocalipsis, último libro de la Biblia, había sido escrito en épocas cercanas a la muerte de Nerón. Mi vida tiene otras prioridades. Ninguna relacionada con las escrituras o la magia. Afirmaciones que cada día iban teniendo mayor solidez, pues sus alumnos, ávidos de conocimientos, preguntaban cualquier cosa. Para ellos, tono enfático, cara seria y argumentos donde sólo existían reales conocimientos de causa; capaces de barrer cuanta duda apareciera: no es lo mismo un suceso histórico que una simple leyenda fantástica, diferencia ya explicada por mí en el ensayo La concepción materialista del mundo o el arte de no creer. Un documento que ofendía sin piedad la fe religiosa, calificando como rezago del pasado las palabras providencia,
purgatorio,
pascua,
paraíso y parroquia.
Por sólo mencionar las que se inician con la letra “p”. Una suerte de primer acercamiento a los principios básicos de la más elaborada educación atea; la cual tendría entre sus propósitos esenciales desterrar para siempre el llamado reino de los cielos.
Pero una noche, el profesor, sin previas señales de aviso, tropezó de frente con el espíritu de su abuela, y luego de unos pasos, con el espíritu de su madre. Los dos cuerpos transparentes estaban allí, alegres, tangibles, conversadores, como si la muerte no tuviera ninguna importancia. Inimaginable realidad que dejó al profesor con la boca abierta. ¿Cómo explicar lo que había visto? Nada, muy sencillo. Desde ese día reza, se hace acompañar de un crucifijo y asiste a misa los domingos.
TECLAS NEGRAS
UNO
(con el permiso de Virgilio Piñera)
El insomnio es una cosa muy persistente. El hombre está muerto pero no ha podido quedarse dormido. A las seis de la mañana carga un revólver y se levanta la tapa de los sesos. Como siempre sucede, el médico habla mucho pero el hombre no se duerme…Se vuelve a levantar. Hace todo esto pero no logra dormir…El amigo le aconseja que haga un pequeño paseo a fin de cansarse un poco. Despierta al amigo…y le confía que no puede dormir. A las tres de la madrugada se levanta…Vuelve a apagar la luz. Lee un poco. Enciende un cigarrillo. Se enreda entre las sábanas. Da vueltas…No puede conciliar el sueño. El hombre se acuesta temprano.
DOS
Ya llevo muerto setenta horas. Comienzo a descomponerme. Pero todavía no puedo hacer nada. Afuera continúa lloviendo y el cielo no deja de ponerse negro.
TRES
Estuvo a punto de gritar. Eran demasiado fuertes los contrastes. Con el ojo izquierdo estaba viendo flores, velas, la cara fría de su recién fallecida esposa; pero con el ojo derecho estaba viendo sábanas, copas de vino, la vecina del segundo piso paseándose desnuda a cielo abierto.
CUATRO
Sus lecturas se hacían infinitas. Hasta que en pleno 1980 encontró el libro que durante años había estado buscando:
Memorias de un enfermo nervioso
(Daniel Paul Schreber)
Tras concluir la lectura, ya más calmado, dijo entre dientes: ¡menos mal!, por fin puedo matarme con tranquilidad.
CINCO
Masturbarse era algo que la enloquecía. Quiero más, quiero más, quiero…Una imagen inolvidable. Delirio que no tenía fin. Corrió, saltó, rugió, llegó hasta a mí con instintos casi salvajes: rápido, Lindo, quítame la espoleta. ¿La espoleta? Sí, quítala. Solicitud que me hizo temblar. Yo nunca había visto algo así. ¿Tú eres un hombre o qué? No lo hagas, Dona, no lo hagas…Triste final. Ella misma se quitó la espoleta. Y claro, voló en pedazos. Todavía recuerdo su cabeza sin ojos.
SEIS
Aquí, en esta misma casa de verano, mientras mi excelentísimo esposo atendía los acuciantes problemas del Estado, yo, haciendo uso de las facultades que me están conferidas, mantuve relaciones extramatrimoniales con 22 hombres y 45 mujeres. Dicho esto, entonces pregunto: ¿soy o no soy la Primera Dama de la República?
SIETE
Recién ayer llegó hasta mis oídos la voz del sueño. Bueno, quiero pensar que fue la voz del sueño, esa que primero despierta y luego hace soñar más profundamente.
OCHO
Que te llames Gregorio Samsa y tengas cara de insecto no puede ser la causa de tu odio. ¿Puedes explicarme ahora por qué recuerdas a Kafka con tanto remordimiento?
NUEVE
Mi padre tiene la diabetes descompensada; y mi madre, tres pasos más allá, se debate entre la fragilidad capilar y un ataque de asma. Pero hay más: mi hermana mastica medicinas para olvidar sus nervios; y mi hermano, tres pasos más allá, se debate entre la presión arterial y un terrible dolor de cabeza. Mientras todo esto ocurre, yo, calurosamente frío, escribo las primeras líneas de una tragedia cubana.
DIEZ
Aunque era un furibundo amante de la soledad, siempre se le veía rodeado de gente. Voces por aquí, abrazos por allá, reuniones, congresos, fiestas, coros, viajes, sexo, en fin, un hombre vitoreado constantemente en parques, teatros y oficinas. Menos mal que era un furibundo amante de la soledad, de lo contrario la cosa hubiera sido del carajo.
BREVE REFLEXIÓN DE UN MONO
¿Conoces la luna? Ven, no tengas miedo, se trata de algo muy simple: me gusta pensar; y siempre lo hago desde la luna, allí es mejor, mucho mejor.
El hombre piensa como vive. No es mi caso, nunca fue mi caso, ya que siempre pensé de una forma y viví de otra. Por eso soy Mono. Claro, los Monos tenemos la curiosa virtud de resignarnos. Basta con alguna vianda, alguna fruta o algún vegetal. Aquí no queda otro remedio.
Pero lo importante es que la cabeza, aunque sea de Mono, se mantenga cuerda. Con ese criterio podemos vivir en cualquier sitio:
Jaulas
Bosques
Zoológicos
Pantanos
Casas
Ciudades
Islas
El hombre no. El hombre pierde la cabeza y deja de pensar. Es peligroso, siempre ocurre algún desastre. Por eso yo pienso, pienso mucho; y la luna se ha convertido en mi lugar preferido, mírala allí…Tranquila, tranquila, tranquila.
Esa es la razón fundamental de que mis viajes sean jaula–luna, luna–jaula. Con toda seguridad, mi segunda casa. Tengo suerte, muchísima suerte, porque nadie piensa desde la luna, y esto último es bueno repetirlo en letras mayúsculas:
PENSAR DESDE LA LUNA
Alguien, no sé quién, tal vez cualquiera de los cuidadores, puede confundirse y creer que yo me dedico a pensar en la luna. No, pensar en la luna es lo mismo que decir estoy en la luna. Eso es una mierda, mucho que la comí cuando todavía no pensaba.
Hay que pensar desde la luna. Entonces la vida cambia. No hay quién te haga un cuento. Uno lo entiende todo, todo. Sólo así se llega a la conclusión de que el hombre continúa siendo un animal salvaje. ¡Alerta ciudadanos! En cualquier momento puede hacerse realidad la siguiente afirmación: el Mono viene del Hombre.
Hablar de estas cosas puede parecer extraño, pero da igual, no hay quién me haga un cuento. Lo sé todo, todo, y en ese todo están incluidas las mentiras. Desde la luna se ven profundas, se ven grises. También es peligroso. ¿Por qué tantas mentiras? Mejor hablemos de los sueños, sí, de los sueños. La luna está llena de sueños. Parece que cuando la gente quiere soñar algo lindo sueña con la luna. A veces me pongo a leer sueños. Allí, en la luna, se leen facilito. ¿Quieres que te lea uno? Pues bien: un pacífico tiburón caribeño se puso a soñar. Soñó que era de noche, soñó que llovía y soñó que estaba en la nieve. En esa parte del sueño apareció su padre, alegre, juguetón, lleno de vida, todavía sin los problemas mentales que comúnmente tienen los tiburones blancos. El soñador no lo podía creer; no podía creer que su padre, tan así de sano, estuviera en el sueño. Y ya, fin de la imagen, desapareció en un rampampan. Linda, ¿eh?
Por eso a veces me pongo a leer sueños, desde la luna se leen facilito. Y uno termina preguntándose por qué entonces hay sueños que no llegan nunca.
¿Conoces la luna? Ven, no tengas miedo, la luna puede darse a la mano. He ahí su gran misterio y la razón fundamental de que mis viajes sean jaula-luna, luna- jaula. Ella me salva de la sombra y la sombra me salva de la muerte.
Un Mono hablando de estas cosas puede parecer extraño, pero da igual, no hay quien me haga un cuento. Lo sé todo, todo; y esa es la razón que me hace gritar con letras mayúsculas: NADIE SABE LAS COSAS DE LA LUNA, tan distante, tan blanca, tan romántica. No, lo del color blanco es otra mentira, porque en la luna existe una particular abundancia de verde y azul y rojo y negro y violeta. Son muchos los colores. Nada en esta vida es absoluto. De ahí que me guste pensar, pensar desde la luna, única forma que encuentro para ir conociendo el verdadero centro de la tierra y el laberinto donde viví y vivo hasta hoy. Entre otras cosas porque se está muriendo gente buena, gente que nunca se había muerto.
Ayer mismo murió la Mona Jacinta. Fiel, honrada, una Mona con todas las de la ley. Jacinta nació en un solar; “so” por Sol y “lar” por Lugar: SOLAR, que quiere decir Lugar del Sol. Allí nació y creció. Incluso se hizo famosa. Pero muy pocos asistimos al funeral. Yo fui desde la luna, pero fui, estuve con ella hasta el último minuto. No se me olvida, Jacinta no se me olvida. Una Mona con todas las de la ley. Nunca se había muerto, pero ya usted ve, le tocó. Puede que de casualidad me la encuentre por allá arriba, aunque es difícil, a la luna no viaja nadie. Mejor, mucho mejor, así puedo pensar tranquilo.
Un Mono hablando de estas cosas puede parecer extraño. Da igual, en estos días tengo la palabra fuera de órbita y el alma se me ve, sí, el alma, ¿acaso piensas que los Monos no tienen alma? La mía tiene un cristal que la protege. Allí lo voy guardando todo:
Paisajes
Perdones
Puntos cardinales
Paredes
Pájaros
Piedras
y Penumbras que vienen de muy lejos. Algunas llegan hasta con bastón. ¡Cuidado! También he visto que el bastón se mueve solo. Puede aparecer la tristeza. ¿Lágrimas? No, lágrimas no, después uno se queda sin revelaciones. La tristeza es peligrosa, siempre ocurre algún desastre. De ahí que yo sea distinto. No pierdo la cabeza, pienso, pienso a toda hora; y la luna es mi lugar preferido. ¿Conoces la luna? Ven, acércate, trata de mirarla, no, no, para allí no, más abajo, bien, ahora a la izquierda, exacto, sí, el puntico negro, ése, ése mismo, ¿lo ves? Soy yo, claro que soy yo, soy yo pensando.
SEBASTIÁN
El ángel, sin previo aviso, llegó hasta la ventana. Su inesperada presencia, especialmente a esa hora, resultó extraña. Sebastián, apacible, mágico y bondadoso, no era un ángel de hacer cosas disparatadas. Mucho menos sabiendo que en aquella casa siempre estuvieron muy bien delimitados los espacios.
Cuba vivía la fase crítica del famoso Período Especial, situación económica que ya estaba cerca del colapso. El verbo compartir (norma elemental de supervivencia) pasó a un primer plano. Los espacios, no obstante, continuaban respetándose. De ahí que la visita del ángel resultara extraña. Acontecimiento que ocurrió una madrugada de 1994; es decir, una madrugada de pleno Período Especial.
¿Qué pasó? Pregunta que jamás tuvo respuesta, lo cual, al principio, y desde la penumbra, logró confundir al joven ingeniero. Sebastián era su ángel de la guarda, siempre juntos, complaciente, discreto, protector, espíritu celeste que, Dios mediante, él tenía señalado desde niño.
Desde el punto de vista visual no experimentaba ningún cambio físico. Realidad que hacía menos comprensible la visita. Primero un tremendísimo apagón, luego un calor insoportable y finalmente…Mudo, cabizbajo, soñoliento. Reservándose para sí aquellas memorables frases en latín que más de una vez lo llenaron de cielo:
Glória in excélsis Deo
et in terra pax homínibus bonae voluntátis.
Un sorpresivo ruido en el baño lo hizo mover las alas de forma incoherente. Miraba, sólo miraba; y aunque sus ojos vidriosos trasmitieran ternura, aquella visita suya podía significar fatalidad. Todo esto lo pensó el joven ingeniero antes de encender la luz. Pero después, al mirarlo detenidamente, observó que Sebastián tenía unas manchas oscuras cubriéndole la boca. ¿Manchas? Una lejana melodía de música sacra, que en el caso de los ángeles equivale a lágrima viva, se apoderó del lugar. Sebastián lloraba. Y el joven…Estado emocional que lo hizo recordar al arcángel San Gabriel, otro espíritu celeste que sobre La Habana multiplicó esperanzas, pero no tan cubano como Sebastián; ahora triste, rígido, arrepentido, queriendo compartir su dramática realidad sin que mediaran compromisos de adoración.
Un segundo ruido en el baño provocó que buscara refugio cerca del escaparate. Voló rápido, procurando no ser visto por terceros; y terceros, en la casa, había pocos: Gustavo, ella y ella segunda. ¿De quién se escondía entonces?
Trató de consolarlo. Siendo una última caricia la que le permitió determinar el verdadero color de las manchas, ya secas, casi invisibles, entremezcladas con esa conmovedora transparencia que distingue a la mayoría de los ángeles. No tuvo que pensarlo más: eran manchas de sangre. ¿Cómo, cuándo, dónde? Perfectamente Sebastián pudo golpearse en una de sus tantas travesuras por el patio. No, ninguna herida, ninguna señal que confirmara esas conclusiones iniciales.
Corrió hasta el cuarto de ella: todo bien. Corrió hasta el cuarto de ella segunda: todo bien. Pero falta Gustavo, se dijo, y corrió hasta la sala. Allí, en el sofá, debía estar durmiendo su queridísimo primo. ¿Dónde está Gustavo?
Regresó al cuarto envuelto en mayores preocupaciones. Sebastián permanecía igual, donde mismo, actitud suya que impedía desarrollar alguna tesis sobre hechos seguramente ya consumados.
Un tercer ruido en el baño le provocó una inmediata reacción: ¡Gustavo! A pasos agigantados llegó hasta la puerta y dio tres toques fuertes. Estoy aquí, entra, entra. Palabras apenas audibles. Porque en Gustavo, todo en Gustavo, tenía una huella esquelética: voz, risa, pasos, sombra, cabeza, tronco y extremidades. Gustavo era la imagen humana del Período Especial; era, dicho sea de paso, la expresión concentrada de la economía. Bajó más de cincuenta libras. Comenzó a encogerse. Gustavo, qué pasó contigo, viejo, cómo es posible que la caída del muro de Berlín te haya… ¿Qué pasa ahora? Entra, entra, volvió a decir.
¡Primo! –gritó sorprendido-. Por el dedo gordo de su pie izquierdo salía sangre. Él, bastante nervioso, dejaba caer sobre la herida una espuma amarillenta que pertenecía al jabón de lavar marca “Batey”. Célebre jabón. Bueno para cualquier cosa. Muchas veces asumió roles de pasta dental. ¿Qué sucedió, cómo fue eso? No sé, desperté ensangrentado. Tampoco es mucho. Pero me recordó una escena de la película El Padrino donde hay un hombre que despierta igual. ¡Qué pena no tener ni siquiera una “curita” que ofrecerle! Calamitosa realidad. Pero entendible, pues con el Período Especial todos esos productos, incluyendo las aspirinas, cayeron en falta. Pobre Gustavo, salió del baño con el dedo gordo envuelto en un periódico, variante cubana que esa familia tuvo que emplear ante la escasez absoluta de papel sanitario.
Gustavo regresó al sofá; y Sebastián, objeto volante sí identificado, continuó inmóvil. Ya comprendo, Sebastián, fuiste tú, ángel exterminador, quien por poco le acaba con el dedo gordo a nuestro querido visitante. Lo estaba entendiendo todo. Bueno, casi todo, porque el verdadero origen seguía disperso.
Extraño, muy extraño que un ángel como Sebastián se detuviera en personas. No tenía ninguna necesidad. Sus comidas, no obstante la crisis económica, y gracias a la libreta de racionamiento, siempre estuvieron aseguradas. ¿Por qué entonces un dedo gordo?
Lo supo poco después. Fue el primero en levantarse y el primero en llegar a la cocina. Allí estaban todos los alimentos de Sebastián. No había probado nada, ayuno que sólo acepta cuando existen otras posibilidades alimenticias.
Sin hacer mucho ruido coló la borra del día anterior e ingirió una sustancia que bajo ningún concepto podía recibir el nombre de café. Así y todo disfrutó como un rey la borra amarga de cada día; mientras sus pasos, tal vez de forma inconsciente, se dirigieron a la sala. Dejó de beber. Los ojos, como flechas, terminaron clavados en el sofá donde a piernas sueltas dormía Gustavo. Los pies le quedaban por fuera del mueble: dos candelabros, dos extrañas piezas arquitectónicas, dos flacas estructuras de hueso y piel; cuyo momento cumbre era precisamente el dedo gordo del pie izquierdo, atípico, deforme, obra maestra del más cruel desmadejamiento. Pero atractivo para un ángel, criatura divina que, a veces, interpreta los fenómenos de forma distinta.
Sebastián vio el dedo gordo de Gustavo en tercera dimensión. Entonces, presa del delirio, imaginó un chocolate, un helado, un pastel o un pez de cabeza redonda. ¿Paisajes del recuerdo? Perdió la perspectiva. Llegó hasta el dedo gordo y…Lo acarició, lo mordió, disfrutó de algo que sabía a miel. Cosas del otro mundo, bondades de una perfecta ilusión.
DITHELO TUMBA
Nuevamente soñé con la Sombra; y la Sombra, como todo el mundo sabe, es algo triste. Por eso prefiero la Luz. Blanca y pura. Algunos la llaman Dios. Yo no. Yo le digo Luz. Me gusta decirle Luz. Porfirio, el buen amigo Porfirio, también le dice así. Entonces corremos y corremos. Pero la Luz nunca baja para nosotros.
Algo anda mal. Estoy nervioso, repetitivo, apenas logro coordinar las ideas. Sólo existe una razón: la Sombra. Ella estaba en mi sueño. Puedo perder la esperanza. Necesito Luz. ¿Dónde vive el cielo? Ahí, ahí mismo. ¡Qué lindo! Hermano gemelo de la Luz. Que tiene además los ojos claros. Muy distintos a los ojos de mi sueño. Tengo miedo. El cielo grita. Tiene la voz ronca. Digan lo que digan, resulta difícil entenderlo. Hoy te regala un elogio desmedido y mañana te regala un regaño mucho más desmedido que el elogio. Lógica de la vida que algunos llaman equilibrio. Yo no. Yo le digo Desamparo. Me gusta decirle Desamparo. Porfirio, el buen amigo Porfirio, también le dice así. Entonces corremos y corremos. Pero la Luz nunca baja para nosotros.
Ya puse un moscón sobre la mesa. Visita segura. ¿La Luz? Luego transcurre el día sin más visita que el moscón. Algo anda mal. Tuve la impresión de ver pasar la Muerte. ¡Madre mía! Puedo morir. Dicen que la Muerte tiene dos momentos irrepetibles. Sombra primero e instrumento musical después. Derechos reservados en manos de la Fatalidad. Algunos lo llaman destino. Yo no. Yo le digo Fatalidad. Me gusta decirle Fatalidad. Porfirio, el buen amigo Porfirio, también le dice así. Entonces corremos y corremos. Pero la Luz nunca baja para nosotros.
¡Qué horror! Nuevamente soñé con la Sombra; y la Sombra, como todo el mundo sabe, es algo triste. Tan triste que uno termina perdiendo el rostro. ¿Dónde vive el cielo? Ahí, ahí mismo. Pues quiero decirle que soy Dithelo Tumba. Huérfano de padre y madre. Un hombre que lleva cuarenta años soñando lo mismo: Sombra, Desamparo, Muerte, Fatalidad. Cuando baje la Luz hablaré con ella. Esta montaña es un buen lugar. Por eso estoy aquí: esperando…esperando…esperando.

